En muchas colonias de México, la cancha no es solo un rectángulo pintado, es el termómetro de lo que pasa afuera: si está oscura, vacía o tomada, la comunidad aprende a replegarse. Si está viva, iluminada y llena de niñas y niños, el barrio recupera el derecho a reunirse. En ese punto exacto —donde el espacio público deja de dar miedo y vuelve a convocar— el fútbol se convierte en una infraestructura de cuidado, pertenencia y futuro. En México, jugar sigue teniendo género y persisten ideas que empujan a las niñas a la orilla: que “son frágiles”, que “las van a lastimar”, que “ese deporte es rudo”. Sin embargo, cuando el acceso se abre y el entorno se vuelve seguro, el deporte produce algo más que actividad física: fortalece redes, autoestima, liderazgo y tejido comunitario. UN Women lo resume con claridad: la participación de mujeres y niñas en el deporte ayuda a romper estereotipos, construye comunidad y eleva la confianza, además de generar beneficios educativos y de bienestar emocio...
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